Cabecita de brócoli

Mis primeros recuerdos contigo son tan buenos y ajenos como mi primer visita a Disney, mis primeros pasos y las caídas de la cuna. O sea, que ni idea. Por ahí me contaron y suenan historias interesantes para describir mi niñez, que por cierto, ¿por qué hacen eso?
El punto es que lo siento, no recuerdo que chingados andaba haciendo a los 3 años, pero al parecer tu y yo fuimos amigos.
Te decía cabeza de brócoli, tampoco recuerdo esto, pero me gusta el brócoli y el apodo le queda a tu peinado afro.
Ahora, que si te soy sincera ya debería ser de coliflor por esas greñas grises que te cubren hasta las orejas.

De lo que si me acuerdo, es de visitarte.
Realmente nunca te vi. Yo solo emprendía el viaje con mi familia, pasábamos por piedras gigantes, tomaba mucho jugo y me quejaba del calor y de las abejas gigantes.
Los viajes siempre eran cuando el sol no podía arder más. Solo una vez pude ver la nieve.
Realmente no sabía por que te habías ido hasta allá.

¿Te cuento algo?
El beneficio de ser callado es que uno escucha mucho, quizás no entiendes ni madre, pero sí se escuchas. Ya ves, uno tan curioso e introvertido analizando charlas viejas en sus tiempos libres.
Que bueno que no procesaba la historia completa. Ya bastante se decepciona uno cuando va conociendo el mundo, como para procesar la historia completa en ese momento.

¿Qué te cuento, cabeza de brócoli? no eres el único.
Te cuento tu historia. ¡Ah, sí! pero te la cuento como lo hace tu esposa y tus hijos.

En algún feo lugar de la ciudad conoces a una mujer humilde con tres hijos, dos morritos pequeños y la mayor viviendo sus maravillosos 15’s.
Tú, hombre noble, trabajador y corazón de pollo decide apoyar a la familia.
Todos los días te levantas temprano, te pones la camisa que plancho tu esposa, le gritas pa’ que te sirva de tragar y te vas contento a surtir la cocina de aquella pobre mujer y su familia.

Hombre ejemplar, todo lo bueno merece una recompensa.
¿Qué podría ofrecerte esa pobre mujer que no tiene nada?
Disculpa, claro. ¡Ya mencione a sus hijos!
Pero ¿de qué sirven dos mocosos malcriados?

Perdón, ¿estoy divagando?
Mi error, suelo hacer esto cuando mi sangre arde al escribir.

Repito la historia, pero claro, como la cuenta tu esposa y tus hijos.
Todos los días te levantas temprano, te pones la camisa que plancho tu esposa, le gritas pa’ que te sirva de tragar y te vas contento a surtir la cocina de aquella pobre mujer y su familia.
No puedes terminar tu visita casual sin pasar por tu recompensa.

La miras, la tocas, eyaculas y te vas.

Ah sí, olvide mencionar que esta grandiosa historia era un secreto. ¿Cuánto cuesta guardar el secreto de una menor embarazada?

En fin, la cartera dice que no y te vas.

Sabes, esta historia se cuenta así, SIEMPRE. En todas sus versiones.

Tú, hombre noble, trabajador y corazón de pollo decide apoyar a la familia.
Todos los días te levantas temprano, te pones la camisa que plancho tu esposa, le gritas pa’ que te sirva de tragar y te vas contento a surtir la cocina de aquella pobre mujer y su familia. Antes de irte tomas a la niña que te ofrece aquella despiadada mujer y regresas a casa a repartir amor a tus hijos.
Maldita mujer aprovechada, no le bastó con dos años de tragar gratis ¡quiere más!
Pobre hombre, diez años alejado de su familia por una gata malagradecida.

No lo sé cabeza de brócoli, no me gusta la idea, no me gustas tú.
No me gusta que me mires e intentes bajar la mano, no me gusta como miras y te acercas a las invitadas, no me gustan las verdades que se dicen de ti…
Pero bueno, mi fin es escribir. Yo solo comparto la historia que cuenta entre dientes mi familia.



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